jueves, 11 de noviembre de 2010

Cosas que vuelan

Con tantas semillas y pelusas en el aire, es más difícil andar con los ojos abiertos. Nos perdemos detalles de lo que pasa y otras cosas, simplemente, no las vemos.
Percepción restringida y con muchos mocos, más encima.
Hasta mi perra estornuda cuando salimos a pasear.
Mi marido es alérgico (espero que no a mí, jaja) y en la noche ronca porque se obstruye.
Espero con paciencia el fin de la temporada de alergias. Prometo tomarme una cervecita para celebrar. ¿Quién se anota para compartirla?

viernes, 29 de octubre de 2010

La fiesta

Cantar, bailar, comer cosas ricas, conversación entretenida y risas por montones.
¿Qué importa si subimos un par de kilos?


lunes, 11 de octubre de 2010

Federico

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhiLPTQNMAjqT9Qxonuu49yHRW46MxDFqRcpc7n2fR2urN05MQEmVhyphenhyphen-dLKpHzQ58Ev8hRSvFnVvsgdoGtfRITklXtpOUyUBjnzHQcUmmX-3hdvuv6ALX4alkMhvTBXeVPePTfL16qs7PY/s1600/Federico_Garcia_Lorca.jpg Siguiendo con el recuento: no sé la fecha exacta en que escuché o leí por primera vez sus versos, pero siempre me parecieron conocidos. En la Antología de Don Neruda que tenía mi papá había unos versos tristes, con una fuerte tristeza. 

Ese "Federico, ¿te acuerdas?" me llevó a revolver la biblioteca familiar para buscarlo. Así me encontré con la luna, luna, con el verde, verde, con la pena negra que hace llorar jugo de limón y con el viento que ciñe a la niña por la cintura, con Antoñito y Santa Olalla. Ay, Federico, que sentía, sentía.


Uno de los homenajes más lindos, escritos por el poeta rancagüino

viernes, 24 de septiembre de 2010

Don Neruda

Debe ser el primer poeta que leí. Todo por esa antología que rondaba en la casa. 

Primero las odas, después Salitre. De a poco me fue gustando. 

El 23 fue otro aniversario de su partida y hoy veo en las noticias que Plácido Domingo lo representa en una versión de Ardiente Paciencia. 
Será bueno, entonces, recordar alguno de sus versos 
DE endurecer la tierra
se encargaron las piedras:
pronto
tuvieron alas:
las piedras
que volaron:
las que sobrevivieron
subieron
el relámpago,
dieron un grito en la noche,
un signo de agua,
una espada violeta,
un meteoro.


El cielo
suculento
no sólo tuvo nubes,
no sólo espacio con olor a oxigeno,
sino una piedra terrestre
aquí y allá, brillando,
convertida en paloma,
convertida en campana,
en magnitud, en viento
penetrante:
en fosfórica flecha, en sal del cielo.