domingo, 30 de diciembre de 2007

Ferias


La feria en verano huele a frutillas.
Vengo llegando de la que se pone cerca de mi casa. Es chiquitita pero hay de todo. Es agradable porque los puestos están ordenados y queda espacio para pasar cómodamente. Me gusta también que van muchos viejitos, que caminan tranquilos y conocen a los feriantes. Creo que eso habla bien de la feria misma.
En otras partes que he vivido las ferias son diferentes y creo que reflejan un poco la forma de ser de la ciudad misma; en Valparaíso la feria es inmensa y dura todo el día, separada por colores de los toldos: verdes, amarillos y naranjas para marcar los sectores de frutas, verduras y varios (quesos, huevos, galletas...), en Los Andes la feria es un poco desordenada, con pilas muy altas y gente ofreciendo sus cosas a viva voz (cómo olvidar el "ajito, oreganito" que un compañero de escuela de mi hermano mayor vendía, pregón que se transformó en su sobrenombre), en Lolol la feria era una vez al mes, coincidiendo con los pagos de pensiones, siendo un acontecimiento tan esperado que los cursos de la escuela y el liceo salían a recorrerla.
Cuando chica me gustaba ver los pollitos y patitos de colores que vendían casi en los últimos puestos, me llamaban la atención unas vitrinas chicas donde ponían el mote cocido, saludábamos siempre a un caballero (el Míguel, así, cargando la voz en la i) que había trabajado en la chacra que tuvo mi tata. Una vez me compraron una parka roja en la feria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

uuuu, me encanta ese olor inconfundible a feria, creo que me trae gratos momentos de mi infancia....

Ñoña memoriona dijo...

¿Cierto que es especial?