sábado, 29 de diciembre de 2007

Uñas


Durante toda mi vida, por lo menos la que recuerdo, me he comido las uñas; viendo películas, en clases, esperando la micro... en cualquier momento y lugar. Tuve unos breves periodos de pausa, alentados por recompensas ofrecidas por mi madre, pero seguí con el mal hábito.
Bueno, desde hace cerca de un mes me propuse dejar de hacerlo. No ha sido fácil, porque morder uñas es un recurso siempre a la mano (qué fome, disculpen la falta de ocurrencia, se debe a pocas horas de sueño).
Me he dado cuenta de algunas cosas: se siente diferente escribir, tanto en teclado como con lápiz, al cerrar las manos también es distinto y tengo que tener mucho cuidado cuando quiero sacarme una pestaña suelta (como el chiste del pirata, que le preguntaban por su garfio, que le pusieron al perder la mano en una lucha y después por el parche en el ojo, que era por no acordarse y rascarse).
Lo bueno es que rascarse requiere mucho menos esfuerzo, igual que sacar el scotch o hacer sonidos de galope de caballos en la mesa. Hasta podría aprender a tocar guitarra...

1 comentario:

Ñoña memoriona dijo...

Uñitas, uñitas, uñitas, decía la bruja del Jappening con Ja.